Los sabios del emperador Constantino

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Vía elperiodico.com

Me plantea problemas el artículo Los godos del emperador Valente, de Arturo Pérez-Reverte. Autor, por otra parte, al que sigo reconociendo como excelente escritor de folletín histórico y narrador de la guerra. Al que estoy enganchado en su actitud de polemista sin tapujos. Y al que considero interesante y merecedor de lectura, para bien o para mal, en su faceta de divulgador histórico. Pero con el que discrepo, y cada vez más, en su pretensión de adivino historicista. Pérez-Reverte no es historiador. Él mismo lo reconoce. Su formación autodidacta pasa, eso sí, por una ingente cantidad de lecturas y una perspectiva comparatista, aderezada por un cinismo galopante, creo yo. Vaya por delante que una parte de mí no puede sino darle la razón en su destripamiento de los vicios timoratos de Occidente. Pero anhelo, tras el festín de sangre y complejos, que aporte alguna solución. No la encuentro. Solo veo futuros abismales. Una visión controvertida de alguien a quien mis amigos de derechas tachan de rojo, aunque coincidan en sus planteamientos más puristas, y a quien mis amigos de izquierdas tachan de facha, aunque le aplauden por antisistema. Controvertida, digo, porque revela su falta de metodología investigadora.

La Historia, como cualquier saber humanístico, no puede ser predictiva. Intentarlo supone caer en un dogmatismo superficial que nos lleva únicamente a la incomprensión. La predicción es arriesgada, y anula interesadamente todos los pequeños imprevistos, las casualidades, las individualidades, las impredecibles corrientes de acción-reacción que rigen a todos los individuos humanos que con sus acciones escriben los acontecimientos históricos. Solo eso, y no es poco, impide el establecimiento científico de leyes históricas de obligado cumplimiento. La historia puede reproducirse, pues el sentir humano responde siempre a las mismas bases emocionales, las mismas inquietudes, las mismas necesidades. Pero jamás repetirse: el eterno ciclo es una falacia limitada en su concepción, más aún en su ejecución. Y, más aún, es una falacia peligrosa, pues puede llevarnos a la ciega tergiversación.

Sí: el impulso de aquellos godos es equiparable a la desesperación de esos refugiados. Pero si reducimos la complejidad de un hecho histórico a la amplificación de un sentir humano por naturaleza irrepetible al 100%, algo falla. En otras palabras: no podemos afirmar a ciencia cierta que estos refugiados son un calco exacto de aquellos godos. Ambos tienen hambre y sed, y están furiosos. Pero nuestros tiempos no son en absoluto los mismos que en época del emperador Valente. Cualquier mínima diferencia que podamos encontrar entre el pasado y el presente basta para que toda predicción apocalíptica pueda ser puesta en entredicho.

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Lo cierto es que solo nos quedan las hipótesis, y estas son aún más aterradoras que los supuestamente inevitables futuros negros que algunos “videntes” auguran en base a paralelismos mal interpretados del pasado. Es difícil no caer en juicios de valor, y no repetir el mantra de que Occidente se ha acomplejado. Pero sí detecto, y aquí lanzo una impopular opinión subjetiva, que hemos caído en una rastrera actitud que en el fondo revela nuestro racismo más “bienpensante” y aparentemente tolerante e inofensivo. Admito mi contradicción, ahora que quiero generalizar sobre millares de opiniones individuales. Pero en este necesario mundo multicultural hemos creído que estamos en igualdad de condiciones mentales e ideológicas en la mesa de debate. No es así. No podemos equiparar Occidente a Oriente. No podemos presuponer semejanza con unas sociedades en las que el laicismo es inexistente, en las que la ley jurídica es la religiosa. Creemos, pues, que podemos negociar en base a nuestros acuerdos, pero no queremos reconocer que el vecino no es como nosotros. Porque preferimos creer en que todos somos igual de “buenos”.

Ahí reside el doble peligro. Primero, en que nuestra tolerancia de pasarela ahoga la falta de visión, prueba la ausencia de Humanidades, revela nuestro miedo a la relatividad y la inevitable diferencia. No queremos mundos complejos, y los simplificamos a martillazos: y si antes era la fe en que nuestra bandera blanca era suficiente para un diálogo tolerante que en realidad requería otra actitud racional (más consciente de las enormes diferencias interculturales), ahora se impone una visión ultranacionalista que aboga de nuevo por las mentiras de la raza y la supremacía cultural. De ahí deriva el segundo peligro, mucho más atroz. Que ambas mentiras parten de nuestra torpe consideración de nosotros mismos como los buenos de la película. Sí, nos avalan valores empáticos implantados en los Derechos Humanos y una saludable mentalidad alejada del misticismo y la superstición. Tuvimos Ilustración, por suerte. Pero, por eso mismo, nuestras contradicciones son aún más bochornosas. La hipocresía occidental de quien defiende la tolerancia con la espada en la mano anula nuestra supuesta superioridad moral sobre quien ni siquiera tiene que cuestionarse si es bueno o malo, y solo mata en nombre de un dios.

Cuán necesaria es la Historia, por tanto, para comprender el presente a partir del pasado, y prevenir el futuro. Pero nunca predecirlo. Mary Beard, historiadora a la que admiro cada vez más, ha alertado de las consecuencias de la conclusión bárbaros del Imperio = refugiados del siglo XXI: la crisis del Imperio Romano se debió a múltiples factores que impiden una aproximación tan simplista. Por ello, ha sido tachada de mentirosa elitista por parte de los radicales ignorantes. Lamentablemente, el extremismo no quiere respuestas sesudas. Pero tampoco son tiempos para “soluciones” burdas. También hubo refugiados cuando cayó el Imperio Oriental: los sabios del emperador Constantino que trajeron el Renacimiento a Europa. Huían, no lo olvidemos, de la media luna fanática. Pero provenían también de un contacto continuo con ella, de quien tomaron traducciones y conocimientos. Nada es tan simple como parece. Decía antes que las hipótesis de un futuro bajo el fanatismo son aterradoras, cercanas y plausibles. Contra el fanatismo no hay opción para medias tintas. Pero tal consideración como evento inevitable e inapelable, permítanme que lo diga, me parece, metodológicamente hablando, simple narrativa.

 

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