Mientras escribo | La ilusión y el desengaño

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En estos días, vuelvo a participar en el jurado de un concurso de narraciones. Dura tarea, por volumen de trabajo, calendario y calidad. Silenciosamente deseo que, en el grupo de textos que me toca, haya muchos malos. De esos que tienes que echar para atrás con un solo vistazo. Mala puntuación, pésima ortografía, caótica sintaxis. Luego llega la peor parte: de entre las “supervivientes”, cuáles son lentas, en cuáles el desarrollo es incoherente, cuáles no saben manejar voces y perspectivas, cuáles son inverosímiles. No es gratificante, repito: en ellas veo ilusiones que me tocará frustrar, y proyectos prometedores que tal vez no puedan dar el gran salto porque habrá competidores mucho mejores.

Pero leyéndolas me descubro a mí mismo. Y, por consiguiente, estoy más inseguro a la hora de escribir. Porque en esas novelas que tan a la ligera desecho, encuentro mis mismos vicios. Cuantísima gente escribe. Y en qué posición quedo yo, que quiero entrar en la República de las Letras a través de la única entrada: el trastero donde quedan abandonados todos los rechazados. Por mediocres, por burdos y bastos, por faltos de gusto. Pero quién sabe si por incomprendidos.

Primero ignoro a aquellas de pésima forma. Las que tienen faltas de maquetación, ortografía o, peor aún, puntuación. Claro que no sin ciertas dudas. ¿Soy prejuicioso por preferir el párrafo justificado, la letra clara, un uso normativo de cursivas y comillas, y guiones bien colocados, frente a la espontaneidad formal de muchas de las novelas que juzgo? Y pasemos a la ortografía: ¿de veras es un criterio de rigor, que anula la calidad de una narración que tal vez, fuera de esas minucias de la forma, sea verdaderamente apasionante? ¿Necesita un escritor ser académico? ¿Y cómo puedo establecer qué es una puntuación rítmica y consecuente, cuando sin duda es el aspecto externo más difícil de calificar? ¿Espero o pretendo que todos los aspirantes del concurso sean tan exquisitos y precisos como Torrente Ballester?

Entonces pienso en el uso indiscriminado de puntos suspensivos, en las conversaciones desperdigadas por el folio porque ningún signo gráfico revela su condición de diálogo, y en el desfasado uso de Word Art o de imágenes prediseñadas. Tal vez este primer filtro, tan tajante, sea necesario.

Un aplauso también por la mala novela histórica sin ningún tipo de investigación seria como base, la novela negra abarrotada de tópicos, y la creciente oferta de imitaciones de las 50 sombras que no llegan ni al nivel de parodia. Y por la puerta de atrás se van los relatos que solo muestran exposición de datos, sin ningún sentido estético, o bien una acumulación incoherente y desequilibrada de sucesos. En ninguno de estos casos son conscientes los anónimos autores de lo que deben escribir, a lo que aspiran: novela corta, con todo lo que ello implica. Deben distribuir bien los acontecimientos, pues el límite de páginas está estipulado en las bases del concurso. Y no se trata tanto de ser clasicista y normativo (seguir un esquema de introducción-nudo-desenlace), como que cada intento de experimentación y ruptura debe serlo claramente, y no únicamente una muestra de impericia a la hora de narrar amoldándose a unos límites rígidos.

Después, clasifico por temática. En un montón, lo que denomino “metaliteratura”. No soy muy riguroso con el término, pero me sirve para agrupar aquellas historias sobre personajes que cansinamente, siempre en primera persona, siempre presas de la angustia y la ansiedad, reflexionan largo y tendido sobre la escritura. En otro montón, los dramones. Amores imposibles, amores perdidos, ausencias familiares. Narraciones deudoras del realismo decimonónico, y de la tópica expresión amorosa. En un tercero, las de argumento llamativo: nada de historias en primera persona, nada de llantos. Aquí cabe el drama social, las aventuras en paisajes que no conozco, o las novelas que por su precisión lingüística me suponen un reto a la hora de interpretarlas. Un cuarto montón, el último, queda para aquellas novelas que no sé por dónde van a tirar. Normalmente, son las primeras que aparto, pero les doy una oportunidad.

Pero dicha oportunidad no pasa de las 25 páginas, un cuarto de la extensión máxima permitida. Suficiente para saber si el ritmo es bueno, si los personajes prometen un desarrollo apropiado, si las florituras de estilo están justificadas; si el relato me engancha, a fin de cuentas. Esta es la segunda selección, y la más lenta. Aparto a aquellos aspirantes relamidos, en los que una expresión abotargada y sobrehinchada no corresponde con un contenido simple, o en los que lo que se expresa no avanza, no existe progresión, o hay fallos graves de perspectiva o voz de los personajes.

La tercera selección, y la más difícil, la realizo sobre las finalistas. Solo una gana. Y, generalmente, es aquella que más me haya llegado.

Y digo yo qué clase de criterio es este. Relego la selección a mi criterio personal y subjetivo. A mis circunstancias particulares, por las que prefiero egoístamente un tipo de relato sobre otros. A mi formación, que elitistamente me influye para seleccionar textos “bien escritos”, sin hacerme parar a reflexionar qué puñetas significa eso. A que la elegida será la que “me llega”, y no sé cómo narices explicar en qué consiste.

Más difícil se me hace cuando me doy cuenta de que mi novela, esa que terminé hace tiempo y que aún no he acabado, ese cuento alegórico no pasaría mis propios criterios de calidad. Su temática (una extraña mezcla entre El ángel exterminador, La sirena varada y La máscara de la muerte roja) no conectaría con muchos jurados. Su lenguaje es barroco y recargado, y dudo que sea evidente que lo utilizo con intención expresa, porque los personajes y el mundo en el que se mueven son exagerados, aparentes y obscenos. Y su progresión es lenta, sin ningún suceso impactante que abra la narración, porque prefiero que todo fluya muy despacio, hasta un final abrupto y aterrador.

De todos modos, dudo que algún día presente mi proyecto (porque lo acabaré, eso lo juro) a este concurso, o a alguno parecido. No sé por qué cauces lo difundiré. No sé si conseguiré que otro evaluador, tan egoísta e ilógico como yo, lo acepte. No sé si debo aspirar a escribir algo “general” o “universal”, ni sé cómo conseguirlo. En cualquier caso, un concurso literario funciona así: en confiar en el criterio azaroso y particular de un tipo que no te conoce, y al que no le importan en absoluto tus pomposas citas de clásicos literarios con las que abres tu obra, o tus múltiples agradecimientos a difuntos y otros seres queridos. Que se deja llevar por “la buena presentación”, que es más fácil de apreciar, y la “buena escritura”, que es mucho más imprecisa. Así que cruza dedos, reza si quieres, y déjalo todo al azar. Y, por favor, sigue escribiendo. No me hagas caso. No dejes de narrar. Sin egocentrismos, pero también con amor propio. Yo, mientras tanto, volveré a ser “dictador”, y a elegir la narración que, al fin y al cabo, me dé la gana.

Hubo un lugar

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Cómo no amarte, cómo no odiarte. Cómo no detestar tu conformismo, cómo no maravillarme ante tu tesoro. Cómo no recrearme en el delicioso y sorprendente juego de cambiar de piel y mirada, y tratar de contemplarte con los ojos del que no te conoce, para así redescubrir las joyas que conforman tu ser y que no puedes ocultar. Cómo no aborrecer el exitoso esfuerzo de quienes por vagancia te dejan languidecer y hundirte en tu solaz, víctima de la desidia y la desinformación, de la desgana y el desengaño.

Cómo no desear, por tanto, huir de ti, huir de aquí, de esta cuna de sinsabores y escenario de tropiezos. Pero también teatro de mis alegrías y telón de victorias que, cada vez que narre, y construya así mi pasado y realidad en la narración, siempre te tendrán como inevitable punto del espacio donde se cantó al éxito. Cómo te echaré de menos, entonces, cuando no esté. Siempre te tendré encima, que no dentro, que no al lado, porque en ti he ambientado mis tequieros, mis anhelos, mis suspiros, mis llantos, mis obsesiones, mis estupideces, mis quizás. Todo sueño que me he planteado ha sido siempre en oposición a ti, que me los has limitado. Todo desencuentro ha sido culpa tuya, que lo has propiciado. Dejaré aquí los abrazos con los amigos, las copas de desahogo, las primeras veces en todo, y las experiencias que me hicieron profesional. Dejaré aquí también los personalismos, las confrontaciones y la toxicidad de propios y ajenos, de mis propias inseguridades y de las obsesiones y trabas de otros.

Y volveré, porque “vivir es ver volver”. “Volver, pasados los años, a la felicidad”, para así comprobar que nada ha cambiado. Porque tienes esa cualidad, por ser políticamente correcto, de regodearte en tu inmovilidad, y considerar que es tu valor intrínseco y digno de aplauso y orgullo. Crees que basta con la fachada del festival, la aprobación oficiosa y la innovación de titular. Tratas como orgullo ser oriundo de toda la vida de tus inertes calles, y cultivas con desparpajo un resquemor continuo entre todos aquellos hijos tuyos a los que amarras y no pueden sino maldecirte, porque no pueden huir, pero tampoco dejar de necesitarte, y por tanto de odiarte. Y nadie hará nunca nada para cambiarte: hasta ahí llega tu poder de petrificar a quienes una vez se acurrucaron en tus brazos.

Así que cómo no odiarte, y cómo no amarte. Cómo no sentir por ti un cariño enorme, si eres la madre de toda mi vida, y sin ti no hubiese llegado a nada. Cómo no estar harto de tus hipocresías, si no me dejas llegar adonde quiero. Demasiado pronto me he dejado engatusar por tu promesa de lugar de descanso para una vida frenética. Demasiado pronto he asumido que no es mal destino convertirte en mi ciudad de paso y descanso. Seré imbécil: solo disfrazaba la cruda lección de realidad que ha supuesto contrastarte con las maravillas que el exterior me lanza solo con poner un pie fuera. Palideces en comparación con el resto, lo sabes. Pero ni te inmutas. Ni siquiera te hubiese reducido a ser solo un lugar de transbordo de no ser porque tú misma me empujaste a marchar, aunque fuese solo temporalmente. Y así he acumulado viajes, muchos viajes desde la última vez que te escribí. Por placer, por profesión. Aventuro más, y estoy deseando que lleguen. Y pasen, y me hagan reafirmarme en cuánto necesito tenerte lejos, para después encontrarte siempre aquí, cerca, disponible, y con los brazos abiertos, encantada de que uno de los tuyos vuelva al redil.

Solo espero que esta huida hacia adelante, siempre adelante, hacia el origen, hacia ti, no vuelva a verse bloqueada por los azares, vaivenes y obligaciones de la vida. Ingenuo de mí, fui demasiado impetuoso al suponer que me iría. Torpe de mí, aún sigo creyendo que lo haré de forma definitiva. Pero lo cierto es que acabaré saliendo de ti. De tus límites y tus piedras viejas, de tu aburrimiento y vida acomodada que se hace pasar por buena. No es este el momento de resignarme. No, cuando se multiplican los dramas de los que no puedo escapar mientras esté dentro de ti. Tú, Ciconia, Vetusta al Extremo del Duero, Norba del César. Sé, por favor, y por una vez, el lugar de lo que fue, y no de lo que será en un presente continuo, eterno y agotador.

Los sabios del emperador Constantino

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Vía elperiodico.com

Me plantea problemas el artículo Los godos del emperador Valente, de Arturo Pérez-Reverte. Autor, por otra parte, al que sigo reconociendo como excelente escritor de folletín histórico y narrador de la guerra. Al que estoy enganchado en su actitud de polemista sin tapujos. Y al que considero interesante y merecedor de lectura, para bien o para mal, en su faceta de divulgador histórico. Pero con el que discrepo, y cada vez más, en su pretensión de adivino historicista. Pérez-Reverte no es historiador. Él mismo lo reconoce. Su formación autodidacta pasa, eso sí, por una ingente cantidad de lecturas y una perspectiva comparatista, aderezada por un cinismo galopante, creo yo. Vaya por delante que una parte de mí no puede sino darle la razón en su destripamiento de los vicios timoratos de Occidente. Pero anhelo, tras el festín de sangre y complejos, que aporte alguna solución. No la encuentro. Solo veo futuros abismales. Una visión controvertida de alguien a quien mis amigos de derechas tachan de rojo, aunque coincidan en sus planteamientos más puristas, y a quien mis amigos de izquierdas tachan de facha, aunque le aplauden por antisistema. Controvertida, digo, porque revela su falta de metodología investigadora.

La Historia, como cualquier saber humanístico, no puede ser predictiva. Intentarlo supone caer en un dogmatismo superficial que nos lleva únicamente a la incomprensión. La predicción es arriesgada, y anula interesadamente todos los pequeños imprevistos, las casualidades, las individualidades, las impredecibles corrientes de acción-reacción que rigen a todos los individuos humanos que con sus acciones escriben los acontecimientos históricos. Solo eso, y no es poco, impide el establecimiento científico de leyes históricas de obligado cumplimiento. La historia puede reproducirse, pues el sentir humano responde siempre a las mismas bases emocionales, las mismas inquietudes, las mismas necesidades. Pero jamás repetirse: el eterno ciclo es una falacia limitada en su concepción, más aún en su ejecución. Y, más aún, es una falacia peligrosa, pues puede llevarnos a la ciega tergiversación.

Sí: el impulso de aquellos godos es equiparable a la desesperación de esos refugiados. Pero si reducimos la complejidad de un hecho histórico a la amplificación de un sentir humano por naturaleza irrepetible al 100%, algo falla. En otras palabras: no podemos afirmar a ciencia cierta que estos refugiados son un calco exacto de aquellos godos. Ambos tienen hambre y sed, y están furiosos. Pero nuestros tiempos no son en absoluto los mismos que en época del emperador Valente. Cualquier mínima diferencia que podamos encontrar entre el pasado y el presente basta para que toda predicción apocalíptica pueda ser puesta en entredicho.

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Lo cierto es que solo nos quedan las hipótesis, y estas son aún más aterradoras que los supuestamente inevitables futuros negros que algunos “videntes” auguran en base a paralelismos mal interpretados del pasado. Es difícil no caer en juicios de valor, y no repetir el mantra de que Occidente se ha acomplejado. Pero sí detecto, y aquí lanzo una impopular opinión subjetiva, que hemos caído en una rastrera actitud que en el fondo revela nuestro racismo más “bienpensante” y aparentemente tolerante e inofensivo. Admito mi contradicción, ahora que quiero generalizar sobre millares de opiniones individuales. Pero en este necesario mundo multicultural hemos creído que estamos en igualdad de condiciones mentales e ideológicas en la mesa de debate. No es así. No podemos equiparar Occidente a Oriente. No podemos presuponer semejanza con unas sociedades en las que el laicismo es inexistente, en las que la ley jurídica es la religiosa. Creemos, pues, que podemos negociar en base a nuestros acuerdos, pero no queremos reconocer que el vecino no es como nosotros. Porque preferimos creer en que todos somos igual de “buenos”.

Ahí reside el doble peligro. Primero, en que nuestra tolerancia de pasarela ahoga la falta de visión, prueba la ausencia de Humanidades, revela nuestro miedo a la relatividad y la inevitable diferencia. No queremos mundos complejos, y los simplificamos a martillazos: y si antes era la fe en que nuestra bandera blanca era suficiente para un diálogo tolerante que en realidad requería otra actitud racional (más consciente de las enormes diferencias interculturales), ahora se impone una visión ultranacionalista que aboga de nuevo por las mentiras de la raza y la supremacía cultural. De ahí deriva el segundo peligro, mucho más atroz. Que ambas mentiras parten de nuestra torpe consideración de nosotros mismos como los buenos de la película. Sí, nos avalan valores empáticos implantados en los Derechos Humanos y una saludable mentalidad alejada del misticismo y la superstición. Tuvimos Ilustración, por suerte. Pero, por eso mismo, nuestras contradicciones son aún más bochornosas. La hipocresía occidental de quien defiende la tolerancia con la espada en la mano anula nuestra supuesta superioridad moral sobre quien ni siquiera tiene que cuestionarse si es bueno o malo, y solo mata en nombre de un dios.

Cuán necesaria es la Historia, por tanto, para comprender el presente a partir del pasado, y prevenir el futuro. Pero nunca predecirlo. Mary Beard, historiadora a la que admiro cada vez más, ha alertado de las consecuencias de la conclusión bárbaros del Imperio = refugiados del siglo XXI: la crisis del Imperio Romano se debió a múltiples factores que impiden una aproximación tan simplista. Por ello, ha sido tachada de mentirosa elitista por parte de los radicales ignorantes. Lamentablemente, el extremismo no quiere respuestas sesudas. Pero tampoco son tiempos para “soluciones” burdas. También hubo refugiados cuando cayó el Imperio Oriental: los sabios del emperador Constantino que trajeron el Renacimiento a Europa. Huían, no lo olvidemos, de la media luna fanática. Pero provenían también de un contacto continuo con ella, de quien tomaron traducciones y conocimientos. Nada es tan simple como parece. Decía antes que las hipótesis de un futuro bajo el fanatismo son aterradoras, cercanas y plausibles. Contra el fanatismo no hay opción para medias tintas. Pero tal consideración como evento inevitable e inapelable, permítanme que lo diga, me parece, metodológicamente hablando, simple narrativa.

 

Soñar en los tiempos de Trump

Moonlight

Una película de colores llamativos con un envoltorio de caja de bombones para una época políticamente tumultuosa en la que mejor no pensar, dulce con su puntito amargo de romanticismo naíf, con canciones un poquito cursis e inocuas y escenas de baile prefabricadas que intentan recuperar el gran esplendor del género en el Hollywood clásico a través de la reivindicación de la nostalgia en su vertiente más cool.”

Ganó Moonlight. La La Land vio anoche su sueño frustrado. Conveniente y hasta poética metáfora de su temática en la ficción: puedes triunfar, pero las decepciones enturbiarán tu camino. Un histórico y lamentable error en la entrega del premio -y desde ya exitoso meme de Internet- puso el broche más tristemente adecuado a una película que, sin llegar a perder (6 Oscar no son desdeñables, ni mucho menos), sí ha sido derrotada en su propio campo. En el de los sueños rotos.

La sorpresa de anoche confirmó tres tendencias. Moonlight remataba su imparable y poco sorprendente ascenso en la campaña de premios: nunca dejó de estar entre las favoritas. La Academia, visto lo visto en los últimos años, se ha decidido por el reparto a lo bruto en momentos de indecisión: desde la ceremonia de 2012, solo Birdman acumuló los premios a Película y Director. Y, en esto de los Oscar, la quiniela no se decide hasta el último momento. Siempre hay factores impredecibles que pueden dar un vuelco a una noche que peca por lo general de previsible.

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“La La Land es una película de propaganda“.

No deja de ser relevante, necesaria y maravillosa la noticia de que una película independiente sobre la dramática madurez de un niño negro homosexual se haya convertido en la película más importante del año, y de la que se hablará en el futuro bajo la dorada etiqueta de “Ganadora del Oscar 2017”. La misma Academia que hace una década ignoró a Brokeback Mountain, y tan menospreciada por su conservadurismo ajeno a la realidad, parece haberse dado ahora un baño de dignidad. No nos engañemos: es enormemente importante que una película como Moonlight haya ganado anoche. El arte debe ser reflejo de la sociedad plural, siempre. Y si esto puede ayudar a poner bajo los focos la problemática racial y sexual de Occidente, bienvenida sea. El día en que ya no necesitemos etiquetar las excelencias de cualquier película en base a su contenido de denuncia social, será porque aquello a lo que ataca ya ha desaparecido. Y ese día, en lo que se refiere a lo que Moonlight narra, aún no ha llegado.

Por eso, espero de todo corazón que las excelentes críticas que llevo leyendo en los últimos meses no yerren en el tiro, y Moonlight vaya mucho más allá del tópico con el que inevitablemente juguetea. Que sea el reflejo íntimo, poético y sincero de la masculinidad en tiempos convulsos que muchos proclaman y que yo, sinceramente, espero ver. Deseo, de verdad, que Moonlight sea mucho más que el resultado del berrinche de Hollywood.

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“Soy un actor árabe que ha sido llamado para audiciones por el papel de terrorista más de 30 veces. Si La La Land arrasa en los Oscar, me rindo“.

Vivimos tiempos tumultuosos, es cierto. Y seguramente vayan a peor. La prensa y Hollywood le han declarado una justa guerra a un payaso presidencial que les tiene en el punto de mira por el simple hecho de discrepar dignamente contra sus sandeces a golpe de decreto. Es tiempo, me reafirmo, de protestar sin freno contra el machismo, la homofobia y la xenofobia que han sido premiados por una democracia herida de gravedad, pero que aún puede resucitar en el Arte.

Ahora bien, ¿qué culpa tiene La La Land de esto? No me vayan a negar la campaña machacona que ha habido en los últimos días (y de la que he dejado fragmentos sueltos en esta entrada), empeñada en que se alzase con el premio gordo, el reconocimiento y el escaparate una película verdaderamente “reivindicativa” y “socialmente necesaria”. La opinión cinematográfica lo tenía claro: entre una moda colorista y musical, y un relato atípico de identidades y discriminación, la Academia debía tomar partido público y marcar su posición ideológica de forma tajante.

Pero opino que quien haya visto en La La Land un envoltorio bonito para una historia intrascendente -más aún, ¡peligrosa!- se equivoca de lleno. No sé qué película han creído o querido ver quienes han apreciado en el romance jazz una oda al egoísmo. ¿Individualista, preciosista, llena de prejuicios estetas? Pues claro que sí. No voy a negar que Damien Chazelle ha firmado un controvertido artificio que entra por los ojos y las orejas. Pero nunca, nunca es manipulador, ni mucho menos insultante, dañino o irrelevante.

Motivo legítimo, causa más que justa, obtetivo errado. Acusan a La La Land de ser autoindulgente, pero digo yo si no será aún más hipócrita haber premiado a la cinta que “debía premiarse”. Si la autoindulgencia no se revela en una decisión puntual que para nada indica un cambio generacional e ideológico de rigor en una Academia aún encorsetada. Si el premio a Moonlight no hará más que condenarla a la irrelevancia de un arrebato de dignidad propagandística pasajera. Solo el tiempo lo dirá.

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“La La Land es fascista. […] Un acto de ingenuidad autodestructiva, en un momento histórico que requiere profundidad, claridad y pensamiento refinado”.

Tal vez estos sí sean tiempos apropiados para La La Land. Piensen en el final: eso que tantos han malinterpretado como una alabanza al individualismo más “capitalista” y mezquino. Porque sí, Chazelle apuesta por esa cuestionable concepción del arte. Pero no olvidemos que es Mia quien pone excusas para no acompañar a Sebastian a su gira, porque “su obra de teatro es más importante”. Y que Sebastian es mucho más cruel e ingenuo, al proponer tópicamente que ambos deben “seguir caminos distintos, porque sus sueños son independientes… Pero recuerda que yo siempre te querré”. Con eso en mente, el juego de miradas final dice más de lo que parece. El momento en que ambos se dan cuenta de que existía una versión alternativa de la historia en la que no había excusas, ambos podían acompañarse mutuamente en la lucha por sueños que finalmente se cumplían, y el espacio y el tiempo no eran barreras para el amor. Una versión alternativa altamente azucarada e improbable, pero por la que merecía la pena luchar, porque era mínimamente posible.

Ambos lo saben, aunque solo les queda sonreír, resignándose a los vaivenes de la vida. Han obtenido el éxito, ¿pero a qué precio? Díganme entonces si no es un mensaje más que apropiado para un futuro oscuro. Una película que nos enseñe a luchar por nosotros mismos, por nuestros sueños como individuos, pero alertándonos de los peligros de ignorar a quienes nos acompañan en el viaje. Una brillante reflexión sobre la fachada y el fondo en el amor humano, tan banalmente conceptualizado en términos de una ficción alejada siempre del día a día cotidiano. Un relato sobre la dura realidad, que trasluce poderosa, aunque casi imperceptiblemente, bajo una apariencia colorista y cantarina. Un golpe mucho más sutil, metafórico y sugerente que cualquier otra película rival en la carrera por los premios. Sí: estos eran tiempos en los que nos merecíamos soñar con La La Land. En los que demostrar la artificialidad del musical como género, concepto, fiel reflejo del mundo. Pero el sueño ha acabado, qué irónico, con una platea vacía.

Tarde para el perdón

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Vía rtve.es

Estoy seguro de que pocos de los que ayer vomitaban bilis rencorosa contra la gala de los Goya no han visto ni tienen intenciones de ver la película ganadora, Tarde para la ira. Total: parece más fácil la hostil indiferencia contra una industria cinematográfica nacional reducida a “putas, rojas, maricones y la guerra del abuelo, qué asco de Almodóvar”.

Ignorando, con semejante sermón, que en los últimos diez años no ha habido Almodóvar y sí la confirmación de una fabulosa tendencia al alza de nuevas voces. Celda 211, No habrá paz para los malvados y La isla mínima ahora comparten podio con Tarde para la ira: se reafirma el cine negro, en un año 2016 en el que también hemos tenido El hombre de las mil caras y Que Dios nos perdone. Diez años que también han visto el asentamiento del drama cotidiano con Vivir es fácil con los ojos cerrados, A cambio de nada, Truman, etc., y del cine experimental con apuestas tan arriesgadas como La novia o Blancanieves. Nos hemos adentrado incluso en las superproducciones, con un incansable Bayona que arrasaba con Lo imposible y Un monstruo viene a verme. Hasta es buena noticia que la comedia costumbrista haya vuelto a triunfar sin complejos con los apellidos vasco-catalanes, en un país que siempre la había recibido con los brazos abiertos.

Pero no. Putas, rojos, maricones. Al hoyo.

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Vía rtve.es

Qué deliciosamente conveniente, por tanto, que Tarde para la ira haya ganado anoche. Qué revelador que el cine negro español de nueva hornada esté ganándose el beneplácito de la crítica, como abanderado de una nueva forma de comprender y hacer películas lejos del tópico. Un puñetazo de rabia por parte de auténticos profesionales que con escasos medios están llevando con buen pulso las producciones patrias, incluso ganándose fuera el respeto que les negamos dentro por el simple delito de dedicarse a la farándula nacional.

Una necesaria reacción hacia tanta propaganda partidista. El género negro, como mejor medio para reflejar las miserias y obsesiones de un país tan seco, áspero y rencoroso como los personajes que deambulan por los escenarios de tensa cotidianeidad de Tarde para la ira. Comuniones en patios de vecinos, puticlubs y hostales de mala muerte en la carretera, casas de campo en medio de secarrales: ambientes conocidos en el páramo de la meseta española, tan acogedores como cargados de una insoportable violencia latente. No hay lugar para la piedad en este yermo, ni justicia que valga para devolverles la vida a los muertos. Es tarde para el perdón.

Hay violencia sin adulterar en Tarde para la ira, cocinada a fuego lento por un Raúl Arévalo que ha madurado una sobria, tensa y prometedora habilidad narrativa en esta, su ópera prima. A raíz de los espumarajos soltados ayer en internet por los amigos del boicot, quiero pensar que esta explosión ha sido debida al hastío. A un esfuerzo por reivindicar la importancia de los jóvenes talentos en este nuevo cine español que necesita educar al público que esté por venir en que es bueno profesionalmente y necesario artísticamente. Para la propia industria primero, pero también para toda la sociedad.

Digo al público que está por venir, porque al que quedó atrás ya no habrá quien lo recupere. Muchos de ellos, arrastrados por una sarta de falsedades o medias verdades vomitadas por poderes interesados: los mismos que impunemente han difundido el bulo sobre una película “pro-etarra” que resultaba ser “favorita” en los Goya, aunque en realidad no ganó ni una sola nominación. Ojalá comience ahora una campaña de rectificación tan intensa como lo fue la de virulenta difamación. Pero no voy a ser ingenuo.

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Vía premiososcar.net

Lástima, pues, que el futuro de esta industria quede en manos de esos mismos poderes que sin vergüenza alguna reconocen no ver nada de cine español. Parece mucho más rentable mantener ese empeño obsesivo en denostar absolutamente todo lo que salga de nuestra industria. ¿Almodóvar va ser presidente del jurado del próximo Festival de Cannes? Qué vergüenza de premios, qué sabrán esos gabachos. ¿Las recaudaciones millonarias de los apellidos vascos o de Bayona? Tomemos entonces la realidad de un sistema de subvenciones viciado y corrupto, de datos de taquilla fraudulentos y falsificados para favorecer a la camarilla de siempre, y extendámoslo a que ningún español (muy español, mucho español) en su sano juicio iría a ver esos apellidos, y por tanto su éxito es un fraude. Y suma y sigue.

No me interesan los hipócritas. Las “famiglias” protestonas de pasarela que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Ni los palmeros de la incultura, que perpetúan bulos y mitos. Cuánto daño han hecho ambos a la imagen social de la industria, de la cultura. Prefiero que protesten quienes se ven desamparados tanto por un sistema de ayudas injusto, como por la solidaridad social aparente y la pretenciosa cruzada indignada por la justicia. Celebro que se quejen los que intentan sacar adelante su arte, frente a las trabas administrativas. Frente a tijeteretazos que ni siquiera se justificaron, ni nadie cuestionó; sablazos que no vinieron acompañados por un empeño gubernamental claro en la mejora de la oferta cultural, y que solo cabe entender como una cruel venganza contra los díscolos. No queremos ver, en cambio, que necesitamos invertir en cultura porque es uno de nuestros capitales más fructíferos y provechosos. Una de nuestras industrias más desiguales, donde mientras unos pocos disfrutan del banquete, otros muchos ni siquiera podrán vivir de su arte.

Pero, claro, no es arte, sino cuento. Pues bien, habrá que decirlo más alto, más veces: sí se está haciendo buen cine en España. Espero que algún día se vea recompensado, y lluevan las disculpas. Y que, en ese momento, no sea tarde para aceptarlas. Y seguir rodando.

 

Iconos de arcilla

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Hace un año nos dejó el Camaleón. Pueden acusarme de oportunista, sentimentaloide o aparente, porque al fin y al cabo jamás lo conocí y estoy montando un teatro lastimero con algo que me es ajeno. Pero yo no lo veo así. En estos días, donde se afea a una actriz que haya usado una recogida de un premio como palestra para criticar a un político (nadie se plantea el contenido de esa justa crítica, me temo), el valor sentimental y público del arte queda aún más expuesto y demostrado. No podemos negarle al arte la importancia que tiene como motor de nuestras vidas. La ficción nos arroja a la cara una visión crítica de nuestra realidad. Incluso los productos más en apariencia inofensivos, como aquellos que buscan el entretenimiento, esconden, con mayor o menor malicia, una interpretación de la realidad muy intencionada. El artista puede y debe tomar posición ante todo. Aunque no lo desee, es partícipe del juego de plasmar formas de entender la realidad. Y, desde esa posición, debe ser siempre consciente de que su actividad es pública, y puede impactar emocionalmente a mucha gente.

Por eso mismo, el año que acabamos de dejar atrás ha sido muy duro.

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